-Recuerda que te quiero.
-¿Cómo se me va a olvidar, si me lo dices cada día?
-Por si acaso, siempre dices que tienes memoria de pez.
-Sí, pero sólo para las cosas que no me interesan.
-¿Y esto te interesa?
-Bueno… podría decir que me incumbe bastante.
-Ah, sólo te incumbe, nada más.
-No, ¿debería pasar algo más?
Un relámpago… y luego un trueno.
-¿Por qué tú nunca me lo dices?
-¿El qué?
-Va, no te hagas la tonta.
Silencio, pero no de esos incómodos que se acaban haciendo insoportables, sino de los que se saborean como si fuera el último, como si el tiempo sólo corriera para el resto del mundo.
-Venga, contéstame.
-No lo sé.
-¿No sabes por qué nunca me dices “te quiero”?
-No sé, supongo que son dos palabras… difíciles.
-Te quiero. No es tan difícil.
-Para ti no, pero para mí sí.
-¿Por qué?
-Pareces un niño que sólo sabe preguntar por qué.
Otro relámpago… otro trueno.
-Tú también pareces una niña. Porque por mucho que intentes disimular sé que aún tienes miedo a las tormentas.
-Pero me gustan.
-A veces eres tan fácil de entender que puedo adivinar qué piensas, y otras es imposible saber por dónde vas a salir.
-No hay nada imposible.
-Bueno… es imposible que los cerdos vuelen.
-No.
-¿Cómo que no?
-Pues no. Si tú subes un cerdo a un avión y el avión despega, ya está volando.
-Pero no tienen alas, no vuelan por sí mismos.
-¿Y tú que sabes? A lo mejor las esconden para que nadie lo sepa. O puede que haya científicos que estén investigando mutaciones genéticas en cerdos para conseguir que tengan alas. O también, puede que en otros planetas del resto del universo haya animales parecidos a los cerdos que sí vuelan. Lo que pasa es que no se llaman cerdos, porque ni siquiera hablan nuestro idioma.
-¿Quieres para?
-Te estoy rayando. Siempre te pasa lo mismo. No tienes imaginación.
-Sí que tengo.
-No.
-Pero no tanta como tú.
-Eso no hace falta que lo jures.
-Oye, no te metas con mi imaginación.
-No me meto con la tuya, sino con la de todo el mundo. Incluso los niños han dejado de tener imaginación. Yo antes con una caja de cartón hacía mil cosas y ahora los niños sólo saben que tienen que tirarla al contenedor azul.
-Por lo menos saben que tienen que reciclar.
-Pues vaya aburrimiento.
-Va, deja ya de decir tonterías.
-Para mí no son tonterías.
Relámpago… trueno
-Te quiero.
-Te quiero.









